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domingo, 1 de noviembre de 2026

Normalizar lo que es anormal?

Cuando me pongo ante la soledad del teclado a escribir en el blog hago un repaso de la semana y de aquellas otras cuestiones que me llamaron la atención en otros ámbitos y sobre lo que leo en la prensa o escucho, sobre todo en la radio. Me ayuda realizar un reencuentro con la memoria porque es como situarme ante un espejo y mirar la actualidad de lo que ha pasado a cierta distancia. Una distancia que no me impide tratar de estar cerca de lo cotidiano y de aquello que como ciudadano nos afecta. Y aunque siempre me gusta estar en lo más cercano, en estos días es difícil no estar cerquita de la gente que ha sufrido o sufre por el trágico accidente de los trenes en un lugar cuyo nombre ya no podremos olvidar. Un accidente que marca a todo un país y que sitúa a nuestras infraestructuras ferroviarias en el punto de mira a nivel mundial, porque en menos de un año en la misma línea han sucedido dos accidentes que han costado muchas vidas humanas. Costará muchísimo recuperar esa confianza que existía en las mismas y que era reconocida a todos los niveles.

Hacía tiempo que no escuchaba hablar de la palabra cantón. Mi padre que fue ferroviario me lo comentó en alguna ocasión cuando nos poníamos a hablar sobre su servicio hace muchos años, porque a veces le preguntaba a qué cantón le tocaba ir a trabajar. En un mismo cantón sólo podía o puede haber un tren para de esta forma garantizar la distancia de seguridad y evitar colisiones. Siempre me han llamado la atención los trenes y tengo muchos kilómetros viajando en ellos, disfrutando del viaje y de los paisajes. No existía la alta velocidad entonces. En aquellos años también se producían choques y descarrilamientos con fallecidos. Hoy todo esto aunque se sigue hablando de distancias ha cambiado, porque desde que existe la alta velocidad los parámetros de esas distancias y todos los sistemas de control se han alterado porque las velocidades de los trenes no tienen nada que ver con los de entonces. 

La alta velocidad llegó a nuestro país en 1992 con la inauguración de la línea de Madrid a Sevilla. Un año que también formará parte de la historia de nuestro país por las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla. Todos estos acontecimientos marcaron y registraron un gran cambio en España. El año de España en el mundo, se llegó a decir. Cuando se inauguró la línea, se inició con seis trenes diarios. Hoy parece que superan los 180 trenes y sigue contando con el mismo sistema de seguridad de entonces. Muchísimos más trenes, una línea que ha sufrido dos accidentes gravísimos en menos de un año. Hace cinco años que llegaron también los operadores privados. Distintos trenes, misma línea de alta velocidad y la única de las que ya existen en nuestro país que permanece con el mismo sistema de control continuo de velocidad para trenes de alta velocidad que cuando se inauguró. 

Esta semana quedará marcada por el accidente ferroviario de Urda sobre todo lo demás y sobre el cual hay que tomar decisiones y asumir. Pero ni siquiera una tragedia como la vivida ha olvidado lo que se ha instalado en nuestro país. La descalificación y la falta de respeto en nuestros políticos que consiguen extender ese estado y despreciar por pensar u opinar de forma diferente. Lo pude comprobar y escuchar en un corrillo en el que estaba en el minuto de silencio que guardamos por las víctimas en la plaza del Ayuntamiento. Y lo hablaba hace unos días en la tertulia radiofónica de Onda Cero donde participo. Hemos normalizado el insulto y la descalificación y le estamos dando carta de naturaleza para que no se resuelva nunca. Hace unos días leí un comentario en las redes de mi amigo Chema Blanco que profundizaba sobre ello en su perfil y decía "me avergüenza ver en lo que estamos convirtiendo la política y me entristece comprobar cómo quienes deberían trabajar para resolver los problemas de la gente dedican tantas energías a enfrentarnos, a alimentar el odio y a convertir al adversario en un enemigo"....no es sólo por lo sucedido desgraciadamente en esta semana, pero acaso no corremos un gran riesgo como sociedad si asentimos a normalizar lo que es anormal?