Vivimos un tiempo donde tendemos a normalizar aquello que nos afecta de una de otra forma, aunque pueda parecernos que está lejos o que no va con nosotros. Es hasta posible que siendo consciente de ello, no lo queramos ver. Es algo que no es nuevo. Se empezó a hablar de ello hace tiempo y poco a poco nos hemos ido acostumbrando al proceso. Tratar de ver normal lo que es anormal. Podría formar parte de lo que sería su definición. Son ese tipo de situaciones que terminan siendo aceptadas en gran medida como parte del sistema. No sólo ocurre en el ámbito de la política, aunque éste sea un escenario muy propio de todo ello. Porque se dan ejemplos claros como la normalización de la polarización y de la corrupción, generando una especie de resignación. Y lo venimos viendo y escuchando porque el debate político se ha generado en el debate de los insultos. Es la frase aquella que me gusta decir poco y asumir menos. Es lo que hay.
Durante la campaña de información de la repercusión y denuncia del #Basurazo había quien preguntaba si podría valer para algo el hecho de presentar recursos. La respuesta estaba en el interior de la persona que preguntaba. Pensemos si vale de algo mostrar disconformidad sobre un asunto que genera discriminación y desigualdad, le decíamos. Y puede que no se consiga el objetivo, pero que no quede por hacer aquello que se puede hacer y que tanto costó conseguir. Reclamar el derecho. Porque si no hacemos uso de los derechos conseguidos, nos podríamos preguntar de qué ha valido la lucha de nuestros padres y abuelos por tener una sociedad donde el hecho de reclamar ya por sí solo merezca la pena. Porque el peligro de no hacerlo, es darle sentido a que terminemos considerando como normalidad aquello que es anormal. Y creo que algo de esto viene pasando en nuestra sociedad.
El problema de la normalización en la política y también en la ciudadanía genera situaciones en las que podría interpretarse en aquello de "se quiere, pero no se puede". Se quiere y se necesita estabilidad, pero no se posibilita a que ello se produzca. Y quienes no lo hacen posible, son en muchos casos aquellos que hacen una cosa u otra dependiendo del espacio o lugar en el que se encuentren. Ese deseo de estabilidad no conseguida provoca en la ciudadanía distanciamiento y desconfianza hacia la clase política. Generando un problema de pérdida de confianza en las Instituciones y división en la calle. Y este escenario de falta de estabilidad y desconfianza consigue en gran parte los ingredientes para ser el caldo de cultivo de aquellos que buscan una mayor polarización social, aún siendo conscientes del daño que ello provoca en la sociedad, pero éste es uno de sus objetivos.
Y este peligro de la normalización pasa a ser uno de los graves peligros que hoy está instalado en la sociedad de nuestro país. Uno de sus ejemplos es la asunción de la normalidad del encarecimiento de los precios de los pisos o del alquiler y escuchar en que todo está muy caro y asumir el que sigan subiendo sin poner coto a ello. Un escenario donde lo anormal está empezando a ser asumido y no precisamente por desconocimiento del problema, sino por no quererlo ver y poner medidas entre todas las Instituciones para que ello cambie. Y ello, junto a no querer ver que podemos estar relativizando el problema nos puede llevar a la indiferencia y a no querer reconocer la gravedad de una situación o querer verla cuando es demasiado tarde. Ese no considerar esa anormalidad nos lleva a perder nuestra capacidad de empatizar por creer o pensar que a nosotros no nos puede afectar o tocar y ello termina siendo asumido. Algo así entendí la primera vez que leí y escuché un poema de Benedetti, cuando escribió aquello de "toma en cuenta que un día, también a ti, te llegará la tarde....